Estafadores usan tácticas de voz para involucrar a víctimas en fraudes de préstamos en EE.UU.

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Las redes de estafa telefónica están perfeccionando un truco peligroso: acercarse a personas con dificultades económicas como si fueran posibles beneficiarios de un préstamo rápido o candidatos a un “trabajo sencillo”, para terminar convirtiéndolas en engranajes de una operación criminal. Bajo ese señuelo, los estafadores piden primero gestiones pequeñas —transferencias entre cuentas, envío de documentos o paquetes— y, una vez ganado cierto grado de confianza, ordenan mover sumas cada vez mayores o recoger efectivo de desconocidos. Cuando el esquema se descubre, quienes aceptaron esas tareas acaban investigados como partícipes, incluso si aseguran que ignoraban la naturaleza del delito.

De acuerdo con las prácticas documentadas por autoridades y tribunales surcoreanos, los reclutadores publican avisos en sitios de empleo, redes sociales y mensajería con promesas de “altos ingresos”, “recuperación de créditos”, “entrega de préstamos” o “cobro a clientes”. A diferencia de una contratación normal, no hay entrevistas formales, verificación de antecedentes ni contratos claros; pese a ello, solicitan a personas sin experiencia que manipulen o trasladen grandes cantidades de dinero en efectivo. Esa combinación de urgencia, informalidad y manejo de fondos ajenos es el primer indicador de riesgo.

El método más reciente explota la necesidad de financiamiento. Los estafadores se presentan como gestores capaces de “habilitar” un crédito y explican que para mejorar la “calificación” del solicitante es necesario usar su cuenta bancaria, registrar “movimientos” o comprar criptoactivos —como bitcoin o tether— y enviarlos a una billetera indicada. Al principio entregan pequeñas sumas como “viáticos” para dar apariencia de legalidad, pero pronto pasan a montos de cientos de miles o millones de wones, repetidos en lapsos cortos.

Esa escalada facilita que la víctima racionalice su conducta: cree estar cumpliendo requisitos para lograr un préstamo o ayudando en una tarea administrativa externa. En algunos casos, incluso contactan a personas que ya perdieron dinero por una estafa y les prometen “rearmar” su financiamiento si colaboran recogiendo efectivo a nombre de la supuesta empresa. Así, quien fue perjudicado al inicio termina recibiendo dinero de nuevos afectados y entregándolo a la organización.

La justicia surcoreana ha dejado claro que la alegación “no sabía” no basta para eximir de responsabilidad. En diciembre de 2024, el máximo tribunal de ese país precisó que, para determinar la intención en el caso de quienes recogen efectivo, deben considerarse de manera integral el canal de contacto con la organización, la existencia (o no) de un contrato laboral normal, la naturaleza de las tareas encomendadas, el volumen y la frecuencia de los cobros, el modo de entrega del dinero y si la remuneración ofrecida es razonable. Incluso si la persona no comprendió toda la estructura del fraude, puede ser penalmente responsable si percibió la posibilidad de estar facilitando una estafa y, aun así, la aceptó.

Los fallos recientes reflejan un estándar estricto cuando se repiten órdenes irregulares y, pese a ello, el implicado continúa. Un tribunal de Changwon impuso en julio una pena de un año y seis meses de prisión a un joven que actuó como recolector de efectivo para un grupo que ofrecía falsos “refinanciamientos a bajo interés”; según la sentencia, entregó un total de 146,300,000 wones a la red, y persistió pese a sospechar la ilegalidad del encargo. En otro proceso, una persona que dijo haber sido contratada para “gestiones inmobiliarias” resultó condenada tras comprobarse que recibía cheques de gran valor de víctimas para transferirlos a la organización; la corte subrayó que una contratación sin entrevistas ni verificación de solvencia, y que asigna grandes cobros en mano, es en sí misma anómala.

No todos los casos acaban en condena automática. Hay absoluciones cuando, por el contexto personal, la forma en que se dio la incorporación, las explicaciones recibidas y la ejecución de las tareas, no es razonable concluir que el acusado reconocía la probabilidad de un delito. La clave, según los criterios judiciales, no es solo si la persona dice que “no sabía”, sino si hubo señales objetivas para desconfiar y, pese a ello, decidió seguir.

Las redes rara vez confían grandes sumas desde el principio. Suelen empezar con encargos que parecen inocuos —emitir o recoger documentos, hacer envíos por mensajería, transferir montos pequeños— para evaluar obediencia. Después, prometen mejor paga o aseguran que “falta un poco más de movimiento para aprobar el préstamo”, y piden usar la cuenta bancaria, el teléfono o los datos de identidad del reclutado. Ese pie en la puerta —aceptar una tarea menor y recibir un pago— dificulta psicológicamente romper el vínculo.

Los criptoactivos se han convertido en otra vía de lavado dentro de estas tramas. Si alguien le pide convertir fondos que llegaron a su cuenta en bitcoin o tether y enviarlos a una billetera “designada”, extreme la cautela. No es práctica habitual que una entidad financiera o un prestamista legítimo exija a un particular transferir dinero de terceros o comprar criptomonedas como condición para otorgar un crédito.

Expertos en prevención insisten en ampliar el foco: además de proteger a quienes pierden dinero directamente, hay que evitar que jóvenes y personas con urgencias económicas sean captados como supuestos “mensajeros” o “cobradores”. Informar en plataformas de empleo sobre los riesgos de trabajos que implican trasladar efectivo y bloquear de forma temprana mensajes de préstamos y contrataciones irregulares son medidas esenciales. La policía, por su parte, recalca que no se deben prestar cuentas bancarias ni teléfonos, ni aceptar encargos de entrega de dinero “solo porque es un trabajo temporal”; en marzo de 2026, agentes detuvieron in fraganti a un recolector que acudió a recibir una suma elevada y que intentó justificar su actuación como “simple trabajo por horas”.

Para lectores en Estados Unidos —incluidas comunidades hispanas que a menudo buscan ingresos adicionales o financiamiento alternativo— las señales de alerta son claras y aplican igual: si un desconocido deposita dinero en su cuenta y le pide reenviarlo a otra o convertirlo en cripto; si le ofrecen recoger efectivo de terceros y entregarlo en puntos acordados; si le exigen entregar su libreta bancaria, teléfono o identificación “para aprobar un préstamo”. En todos esos supuestos, la pregunta correcta no es cuánto pagarán, sino por qué alguien ajeno necesita usarle como intermediario del flujo de dinero. La urgencia económica es precisamente la vulnerabilidad que estas redes explotan. Desconfiar de promesas de “dinero fácil” o de créditos condicionados a “cumplir encargos” puede ser la diferencia entre salir adelante o quedar atrapado en un delito.

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